RESULTA SORPRENDENTE advertir la permeabilidad intelectual que, de tanto en tanto, hace gala la población chilena. Como si estuviese de moda, una opinión que resulta fácilmente rebatible o - en el mejor de los casos - susceptible de un análisis más detenido, resulta adoptada por la masa como si de las Tablas de la Ley se tratase. No siendo yo amigo de Moisés, y por ende privado de la evidente verdad que proclaman mis compatriotas, me he visto en la obligación de evitar el dogma de fe y usar el implacable cedazo de la razón. Así, antes de la última elección presidencial, mencionar a Ricardo Lagos y que brotase un aplauso espontáneo era todo uno. Declararse "Laguista" era bien visto socialmente, y marcaba el comienzo de una larga secuencia de palmoteos en la espalda, felicitaciones entre los improvisados parroquianos y frases del tipo "... que tremendo estadista, que hombre de visión, que gran gobernante...", y una seguidilla de razonamientos lastimosamente autocomplacientes de la misma calaña. Por supuesto, cualquiera que osara desviarse un punto de tal opinión era el hazmerreir del pueblo. Es posible que Moisés tuviese alguna rencilla personal conmigo, pues jamás me mostró las razones que poseía Ricardo Lagos para ganar mi embelesamiento automático e incondicional. En cambio, me mostró unas tablas adulteradas. Unas tablas que mencionaban escándalos de corrupción, el crecimiento económico más bajo de todos los gobiernos de la Concertación, un sistema de salud pública colapsado, los niveles de desigualdad social más acentuados de los últimos años, una inversión multimillonaria en educación con resultados paupérrimos, y una desvergonzada intervención electoral. Para mi desgracia, no logré muchos aplausos, nadie me palmoteó la espalda, no gané muchos puntos para mi cuenta de popularidad, y sí obtuve sonoras carcajadas de burlas.
Hace unos días, Moisés subió nuevamente a la montaña, y bajó con el último mandato: celebrar bulliciosamente la muerte del dictador más sanguinario del siglo XX, usurpador de un gobierno democrático exitoso, y autor de los más espantosos crímenes de lesa humanidad contra ciudadanos indefensos y opositores desarmados. En síntesis, un genocida que violentó la vida de millones de personas.
Esperando una mejor suerte, abrí esperanzado el envío de Moises, ansioso de unirme al jolgorio popular y ganarme uno que otro aplauso con ácidas declaraciones revolucionarias, y con algo de suerte, un par de risotadas con algunos chistes a costa del gusano inmundo. La ovación está asegurada.
Mmmm.... creo que volveré a ser minoría...
Hace unos días, Moisés subió nuevamente a la montaña, y bajó con el último mandato: celebrar bulliciosamente la muerte del dictador más sanguinario del siglo XX, usurpador de un gobierno democrático exitoso, y autor de los más espantosos crímenes de lesa humanidad contra ciudadanos indefensos y opositores desarmados. En síntesis, un genocida que violentó la vida de millones de personas.
Esperando una mejor suerte, abrí esperanzado el envío de Moises, ansioso de unirme al jolgorio popular y ganarme uno que otro aplauso con ácidas declaraciones revolucionarias, y con algo de suerte, un par de risotadas con algunos chistes a costa del gusano inmundo. La ovación está asegurada.
Mmmm.... creo que volveré a ser minoría...
La razón de la sinrazón
NO ME SORPRENDE EN ABSOLUTO la intensidad de las emociones que despierta la muerte del General (r) Pinochet. La algarabía por parte de las miles de personas (alrededor de 30.000, según el Informe Valech) que fueron torturadas, exiliadas o de algún modo afectadas por el régimen militar es completamente legítimo. No cabe acá realizar análisis alguno acerca de la pertinencia de la tortura en circunstancias extremas (la que apruebo en condiciones extraordinarias), ni desmenuzar cuántos de los festejantes eran extremistas, terroristas o personas inocentes con ideas políticas contrarias al régimen. No es ese el punto de la discusión. Aun más: si alguno de mis familiares hubiera sido afectado, dudo mucho que hubiese sido capaz de juzgar la pertinencia del castigo. En otras palabras, me habría dado lo mismo si a mi tío (por ejemplo) lo hubieran matado por tirar una bomba al bus de carabineros o simplemente por ser comunista; estaría igual de indignado y dolido. Por ende, mal podría exigir a esa pobre gente que reclame con ganas si su padre asesinado era un intelectual de izquierda, y que se quede en su casa si era un terrorista.
En la otra vereda, están los que sufrieron los rigores de la Unidad Popular, el desabastecimiento, el sectarismo, la violencia política encabezada por un gobierno que fue declarado ilegal, la posibilidad real de sacar a Chile del mundo occidental y ponerlo en la órbita soviética, y la polarización de la sociedad que, alentada desde la misma UP, podría haber conducido a una guerra civil. En esa facción están las personas que se encuentran tan agradecidas de la intervención del ejército en 1973 que perdonarán o quitarán importancia a cualquier elemento posterior que reste mérito. Las acusaciones de violaciones a los derechos humanos o de robos no afectarán un ápice de su gratitud, y como tal, saldrán a despedir el cuerpo del general Pinochet entre lágrimas. Siendo salomónico, podemos suponer un número similar al anterior.
Sin embargo, las cuentas no cuadran. Las manifestaciones de repudio en contra del general se suceden a lo largo del país, y las de consternación por su muerte se cuentan con los dedos de una mano empuñada. Niños y adolescentes, nacidos en los gobiernos de la Concertación, salen a gritar y a cantar. Jóvenes veinteañeros, que desarrollaron su discernimiento en democracia, brindan con champaña por la muerte "del tirano genocida". Otros tantos, un poco mayores pero que no superan los 26 años (segmento etario al que pertenezco) repiten las celebraciones y los insultos. La pregunta surge instantáneamente:
Si incluso gente que no vivió durante el régimen, era muy jóven como para acordarse o ser afectada por las restricciones de la época, y sin familiares víctimas, reacciona con tal virulencia y alegría por la muerte del general, ¿es esto una prueba de que su gobierno y figura son merecedoras de repudio, y de que las violaciones a los derechos humanos borran cualquier aspecto positivo de su gestión y/o intervención en 1973?
En la otra vereda, están los que sufrieron los rigores de la Unidad Popular, el desabastecimiento, el sectarismo, la violencia política encabezada por un gobierno que fue declarado ilegal, la posibilidad real de sacar a Chile del mundo occidental y ponerlo en la órbita soviética, y la polarización de la sociedad que, alentada desde la misma UP, podría haber conducido a una guerra civil. En esa facción están las personas que se encuentran tan agradecidas de la intervención del ejército en 1973 que perdonarán o quitarán importancia a cualquier elemento posterior que reste mérito. Las acusaciones de violaciones a los derechos humanos o de robos no afectarán un ápice de su gratitud, y como tal, saldrán a despedir el cuerpo del general Pinochet entre lágrimas. Siendo salomónico, podemos suponer un número similar al anterior.
Sin embargo, las cuentas no cuadran. Las manifestaciones de repudio en contra del general se suceden a lo largo del país, y las de consternación por su muerte se cuentan con los dedos de una mano empuñada. Niños y adolescentes, nacidos en los gobiernos de la Concertación, salen a gritar y a cantar. Jóvenes veinteañeros, que desarrollaron su discernimiento en democracia, brindan con champaña por la muerte "del tirano genocida". Otros tantos, un poco mayores pero que no superan los 26 años (segmento etario al que pertenezco) repiten las celebraciones y los insultos. La pregunta surge instantáneamente:
Si incluso gente que no vivió durante el régimen, era muy jóven como para acordarse o ser afectada por las restricciones de la época, y sin familiares víctimas, reacciona con tal virulencia y alegría por la muerte del general, ¿es esto una prueba de que su gobierno y figura son merecedoras de repudio, y de que las violaciones a los derechos humanos borran cualquier aspecto positivo de su gestión y/o intervención en 1973?
La respuesta, que duda cabe, no es sencilla. No obstante, podemos averiguar mucho acerca del motor detrás de esta reacción, impensada en un país donde el 70% de la población mayor a 15 años se declara católica, observando qué otras manifestaciones ha sido -o debiera ser- capaz de alimentar:
¿Es el respeto irrestricto a la vida humana y el repudio inmediato a quien la infrinja? No parece ser así. La venganza suele ser la razón principal por la que hordas de pobladores salen a vociferar cuando un niño ha sido asesinado o violado. Estas personas no piden cárcel para el culpable, sino la muerte, aun a sabiendas de que esta sanción no existe en la legislación chilena (lo que es harina de otro artículo) y en más de una oportunidad, han intentando linchar el acusado. Aun más: ni la causa ni la consecuencia aparecen claramente en otras ocasiones. Por ejemplo, el respeto al derecho a la vida no ha convocado manifestaciones de rechazo a quienes han sido procesados o acusados de prácticas abortivas, ni su condena ha destapado botellas de champaña. Por otro lado, sólo algunos asesinatos han sido capaces de poner en marcha manifestaciones masivas; por ejemplo, el paro de microbuses cuando un chofer muere a manos de un delincuente, e incluso en estos casos, los manifestantes reclaman más por la ausencia de seguridad que por una sed inagotable de venganza.
¿Es el respeto irrestricto a los derechos humanos y el repudio inmediato a quien los viole? No parece ser el caso. La inmensa mayoría de las personas ni siquiera tiene noción de qué son los Derechos Humanos, salvo una que otra idea que surgen más bien de la imitación que del conocimiento. En teoría de juegos, existe un concepto llamado juego bipersonal de suma cero. En este tipo de confrontaciones, lo que pierde uno de los dos jugadores es lo que gana el otro. Es un hecho objetivo que el prestigio que ha ganado la izquierda en Chile ha sido a expensas de la satanización del régimen militar por un lado, y con la victimización y autobeatificación por el otro, mediante una manipulación vergonzosa del concepto antes expuesto. Es un hecho objetivo, también, el que se produjeran violaciones a los Derechos Humanos durante el gobierno militar. No obstante, el atropello a la Carta de DD.HH. no empezó en 1973 como se intenta convencer a la gente. La violación del artículo 17, que consagra el derecho a la propiedad individual y colectiva, y asegura que "Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad" fue sistemática, indiscriminada y alentada desde la misma Unidad Popular, lo que concluyó con la muerte de cientos de campesinos que defendían sus tierras ante la toma masiva de predios. En el XXII Congreso Socialista llevado a cabo en Chillán en 1967, se aprobó la acción revolucionaria para destruir el sistema institucional a través de la violencia y la lucha armada, para la toma del poder político y económico, lo que implica una violación al artículo 22 de la misma Carta, donde se consagra el derecho de toda persona, por ser miembro de la sociedad, a la seguridad social. Me permito citar textualmente las conclusiones de dicho congreso, aceptadas unánimemente por todos sus asistentes:
“1.- El Partido Socialista, como organización marxista-leninista, plantea la toma del poder como objetivo estratégico a cumplir por esta generación, para instaurar un Estado Revolucionario que libere a Chile de la dependencia y del retraso económico y cultural e inicie la construcción del Socialismo.
2.- La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del estado burgués, puede consolidarse la revolución socialista."
Huelga aclarar que muchísimos políticos del actual gobierno participaron en dicho congreso. La misma presidente Bachelet, el dia de su triunfo, afirmó:
"..la violencia entró a mi vida llevándose lo que más amaba..."
A raíz de ello, la gente se ha acostumbrado a verla como "la mujer que supo perdonar". No obstante, la actual mandataria ingresó a la Juventud Socialista en 1970, a sabiendas de lo que su partido se disponía a hacer. La contradicción salta groseramente a la vista.
Así, resulta poco convincente que la violación de derechos humanos provoque tal manifestación. La llegada a la Moneda de los aradores que sembraron los vientos en 1967 y cosecharon tempestades para todos los chilenos en 1973 ha sido recibida con júbilo a lo largo de todos los gobiernos de la Concertación. Habrá que seguir buscando...
¿Es el respeto irrestricto a la vida humana y el repudio inmediato a quien la infrinja? No parece ser así. La venganza suele ser la razón principal por la que hordas de pobladores salen a vociferar cuando un niño ha sido asesinado o violado. Estas personas no piden cárcel para el culpable, sino la muerte, aun a sabiendas de que esta sanción no existe en la legislación chilena (lo que es harina de otro artículo) y en más de una oportunidad, han intentando linchar el acusado. Aun más: ni la causa ni la consecuencia aparecen claramente en otras ocasiones. Por ejemplo, el respeto al derecho a la vida no ha convocado manifestaciones de rechazo a quienes han sido procesados o acusados de prácticas abortivas, ni su condena ha destapado botellas de champaña. Por otro lado, sólo algunos asesinatos han sido capaces de poner en marcha manifestaciones masivas; por ejemplo, el paro de microbuses cuando un chofer muere a manos de un delincuente, e incluso en estos casos, los manifestantes reclaman más por la ausencia de seguridad que por una sed inagotable de venganza.
¿Es el respeto irrestricto a los derechos humanos y el repudio inmediato a quien los viole? No parece ser el caso. La inmensa mayoría de las personas ni siquiera tiene noción de qué son los Derechos Humanos, salvo una que otra idea que surgen más bien de la imitación que del conocimiento. En teoría de juegos, existe un concepto llamado juego bipersonal de suma cero. En este tipo de confrontaciones, lo que pierde uno de los dos jugadores es lo que gana el otro. Es un hecho objetivo que el prestigio que ha ganado la izquierda en Chile ha sido a expensas de la satanización del régimen militar por un lado, y con la victimización y autobeatificación por el otro, mediante una manipulación vergonzosa del concepto antes expuesto. Es un hecho objetivo, también, el que se produjeran violaciones a los Derechos Humanos durante el gobierno militar. No obstante, el atropello a la Carta de DD.HH. no empezó en 1973 como se intenta convencer a la gente. La violación del artículo 17, que consagra el derecho a la propiedad individual y colectiva, y asegura que "Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad" fue sistemática, indiscriminada y alentada desde la misma Unidad Popular, lo que concluyó con la muerte de cientos de campesinos que defendían sus tierras ante la toma masiva de predios. En el XXII Congreso Socialista llevado a cabo en Chillán en 1967, se aprobó la acción revolucionaria para destruir el sistema institucional a través de la violencia y la lucha armada, para la toma del poder político y económico, lo que implica una violación al artículo 22 de la misma Carta, donde se consagra el derecho de toda persona, por ser miembro de la sociedad, a la seguridad social. Me permito citar textualmente las conclusiones de dicho congreso, aceptadas unánimemente por todos sus asistentes:
“1.- El Partido Socialista, como organización marxista-leninista, plantea la toma del poder como objetivo estratégico a cumplir por esta generación, para instaurar un Estado Revolucionario que libere a Chile de la dependencia y del retraso económico y cultural e inicie la construcción del Socialismo.
2.- La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del estado burgués, puede consolidarse la revolución socialista."
Huelga aclarar que muchísimos políticos del actual gobierno participaron en dicho congreso. La misma presidente Bachelet, el dia de su triunfo, afirmó:
"..la violencia entró a mi vida llevándose lo que más amaba..."
A raíz de ello, la gente se ha acostumbrado a verla como "la mujer que supo perdonar". No obstante, la actual mandataria ingresó a la Juventud Socialista en 1970, a sabiendas de lo que su partido se disponía a hacer. La contradicción salta groseramente a la vista.
Así, resulta poco convincente que la violación de derechos humanos provoque tal manifestación. La llegada a la Moneda de los aradores que sembraron los vientos en 1967 y cosecharon tempestades para todos los chilenos en 1973 ha sido recibida con júbilo a lo largo de todos los gobiernos de la Concertación. Habrá que seguir buscando...
¿Se debe a que Pinochet es un genocida sanguinario, y como cualquier otro, merece el repudio instantáneo sin doble discurso? No, sin lugar a dudas. El concepto de genocidio, asociado por excelencia a Adolf Hitler, y escogido cuidadosa e intencionadamente por los abogados de izquierda (ya no de derechos humanos, como se argumentó anteriormente), de acuerdo a la Real Academia Española, define a un "Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad". Aun cuando la condena social por un crimen es no lineal respecto al número de asesinatos cometidos, y exhibe un techo de saturación variable de acuerdo al grado de brutalidad de ellos, también es muy cierto que la muerte de más de seis millones de personas -dos de cada tres judíos que vivían en Europa antes de la II guerra mundial- absolutamente inocentes en 6 años (1939-1945) sin otro argumento que un manifiesto carente de todo rigor científico (recordemos que en el Mein Kampf, Hitler creía demostrar que el pueblo judío era un pueblo destructor de civilización) no es comparable a la muerte de 4000 personas en 17 años (1973-1990), muchas de las cuales eran terroristas. Aún más, el 60% de ellas se concentraron en los 4 meses inmediatamente posteriores al golpe militar, cuando los enfrentamientos armados eran cotidianos. Si pensamos que la Unidad Popular contó con el apoyo de, en promedio, aproximadamente el 40% de los 10 millones de chilenos que existían en 1970, salta a la vista que la proporción (1 de cada 1000) es muchísimo menor. Como afirmó Fernando Villegas, un dictador sanguinario "...hubiese asesinado a gran parte de la clase política del actual gobierno y que era oposición en esa época...", lo que claramente no es el caso. Esto, con respecto a los epítetos. Pero aún no me he explayado en la razón más fuerte. No recuerdo que se hayan desatado festejos espontáneos cuando murio Erick Honecker en 1994, en Chile, presidente de la República Democrática (?) Alemana que mandó a construir el Muro de Berlín en 1961 y puso a soldados del ejército durante las 24 horas del dia, con órdenes de matar a quien lo traspasara hacia Alemania Federal. Como resultado de esta democrática medida, que de paso viola el artículo 13 de la Carta de Derechos Humanos de Naciones Unidas ("...Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país...") murieron 193 personas entre 1961 y 1989. No recuerdo manifestaciones tampoco por la muerte del paraguayo Alfredo Stroessner en agosto de este año, quien se mantuvo en el poder durante 35 años (1954-1989) mediante 8 elecciones fraudulentas donde se presentó como único candidato, y persiguó con una fuerza inusitada a sus oponentes, al punto de ser reconocida como uno de los regímenes más duros de la región. Resulta razonable suponer que las personas que reaccionan con tal virulencia estén al tanto de lo que ocurre en un tema - al parecer - tan sensible y de tamaña importancia para ellos. Pues bien, no es así.
El odio está de moda
AGOTADAS LAS EXPLICACIONES más recurrentes a las que suele echar mano, en forma apresurada y casi siempre sin pensar, la mayoría de las personas, queda solo una que posee además la virtud de explicar muchos de los vicios de nuestro pueblo: la ignorancia en su estado más oscuro. Como si de una moda se tratase, la consigna es repetir borreguilmente "lo que dijo fulano de tal", y gastar calorías en mover la lengua y no en meditar. Esto no es un fenómeno nuevo. Hace unos meses, un documental de la National Geographic asustó a miles de "señoras Juanitas" con la posibilidad de que un maremoto borrase del mapa a Valparaíso, y de paso, ahogara a casi 80.000 perros vagabundos (que constituyen un peligro estadísticamente mucho mayor que el mentado tsunami) que pululan en todas las plazas, botara unos cuantos edificios a punto de caerse por la nula mantención (y cuyos daños a transeúntes desafortunados los paga el siempre endeudado Moya) de las autoridades, y aprovechara de limpiar un poco las calles de ese olor putrefacto que "da encanto" a muchas sectores de nuestra ciudad patrimonio. Si bien los riesgos mencionados superan en unos cuantos órdenes de magnitud el peligro de morir en un maremoto, la gente prefiere hacerse eco de charlatanes. numerólogos y otros hechiceros del siglo XX antes que escuchar a los científicos que aclararon enseguida de que no era una predicción, sino sólo un documental, y de que no había un riesgo inmediato.
Como si una guerra orgánica hubiese impuesto una economía de guerra en sus cerebros, muchísimas personas ahorran el esfuerzo de nadar solas en busca de una opinión, y se contentan, como en un cardumen de peces, a permanecer a la menor distancia posible de sus vecinos, ya no en cercanía física sino que en concordancia de ideas, buscando la protección que otorga la multitud. Después de todo, si el argumento para apoyar el dogma escasea o no se tiene a mano (lo que ocurre la inmensa mayoría de las veces) siempre cabe la posibilidad de que al de al lado se le ocurra algo para salvar la situación. Si esto tampoco fuera suficiente (lo que ocurre en no pocas situaciones), también es posible enarbolar el ya desgastado argumento de "sabiduría del pueblo" , "la gente no es tonta" o mi favorito: "tanta gente no puede estar equivocada". Y si ni aun esto bastara, ridiculizar al inoportuno curioso le dará una buena lección. Argumentativamente, lamentables. Como menciona un libro tibetano anónimo:
Como si una guerra orgánica hubiese impuesto una economía de guerra en sus cerebros, muchísimas personas ahorran el esfuerzo de nadar solas en busca de una opinión, y se contentan, como en un cardumen de peces, a permanecer a la menor distancia posible de sus vecinos, ya no en cercanía física sino que en concordancia de ideas, buscando la protección que otorga la multitud. Después de todo, si el argumento para apoyar el dogma escasea o no se tiene a mano (lo que ocurre la inmensa mayoría de las veces) siempre cabe la posibilidad de que al de al lado se le ocurra algo para salvar la situación. Si esto tampoco fuera suficiente (lo que ocurre en no pocas situaciones), también es posible enarbolar el ya desgastado argumento de "sabiduría del pueblo" , "la gente no es tonta" o mi favorito: "tanta gente no puede estar equivocada". Y si ni aun esto bastara, ridiculizar al inoportuno curioso le dará una buena lección. Argumentativamente, lamentables. Como menciona un libro tibetano anónimo:
"La opinión general
no es prueba de la verdad
porque la generalidad de los
hombres son ignorantes"
no es prueba de la verdad
porque la generalidad de los
hombres son ignorantes"
No obstante, la fábula no está completa sin añadir la intervención de ciertos personajes cubiertos con piel de oveja y que cada tanto, aullan a la luz de la luna llena que, premunidos de una estudiada retórica y una siempre popular rebeldía anarquista, como flautistas de Hamelin embriagan al son de su melodía revolucionaria sesentera a los borregos que pastan el forraje de la indolencia intelectual, y los conducen en una fila interminable al barranco de la necedad. Estos artistas de la desinformación han logrado una vez más capturar el descontento social (que muchas veces es a título de nada, casi como un adolescente empeñado en desobedecer por el mero hecho de conjugar el verbo) y dirigirlo en una interminable columna en pos de sus proselitistas objetivos. Su labor, que duda cabe, ha sido exitosa. Han logrado instaurar en el colectivo el reflejo condicionado de rechazo de plano hacia un período de nuestro país donde lo único cierto se haya en la lectura e investigación. Han conseguido asociar al sonido de la campana de los desórdenes la saliva del odio, y de paso, como en el juego bipersonal de suma cero, quitar los méritos de su adversario y traspasarles su propia cuota de responsabilidad. Una labor maquiavélica perfecta. Sólo así puede explicarse la inusitada efervescencia colectiva popular con la que se celebró la muerte de Pinochet, los gritos de algarabía y los frívolos brindis con champaña o vino. ¿Brindar...por qué? Es irrelevante. Sólo hazlo. Todo el mundo está festejando. ¿O quieres ser minoría?. Dios te perdone...
NOTA: Los más perspicaces habrán notado que hablo de flautistas y burros, y no de flautistas y ratas, como el cuento original. Esto no obedece a un desliz, sino simplemente a una adaptación. Por otro lado, a nadie le gusta que lo traten de Rattus norvegicus.



